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Si el año pasado fue el año de las madres tigres, éste está siendo el de las mères francesas. El libro “Cómo ser una mamá cruasán” está de moda y, básicamente, ofrece un método opuesto al rígido de las madres chinas.

Está escrito por Pamela Druckerman, una americana transplantada a Francia con varios nenes. Según esta periodista, los amiguetes franceses de sus hijos se portan de maravilla: no interrumpen, comen todo y en silencio, juegan solos y duermen de un tirón en sus camitas desde los tres meses.

Ella sostiene que esto se debe a varias reglas que las francesas siguen a rajatabla: no se obsesionan con los hijos, no toleran escenas, deciden sin negociar y dominan un tono de voz lleno de convicción con el que dicen “¡No!” a los nenes continuamente.

Personalmente creo que, a la hora de escoger un “método” de educación, la pregunta debería siempre ser ¿en qué tipo de adulto quiero que se convierta mi hijo?

Si lo que queremos es un autómata conformista de una uniformidad intelectual y social apabullante probablemente haremos bien en limitarlo constantemente y responderle NO a cada cosa.

En cambio, si entendemos que la individualidad es el vehículo a esa creatividad e innovación que tan necesarias le van a resultar cuando sea mayor, haremos mejor en escucharle. Y en preguntarnos cada vez cual es la respuesta adecuada, antes de dar por sentado que tiene que ser siempre no.

Entre unos padres estrictos y ausentes y unos anulados omnipresentes están los padres entregados y colaboradores.

No perdamos el norte. Que el niño no interrumpa o que aprenda a entretenerse solito no es francés, ni americano ni turco. Se llama sentido común. Apliquemos eso y dejémonos de métodos y demás etiquetas generalistas. Si cada nene es un mundo, imaginémonos los de una nación entera.

SHARe iT :)