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El sueño de mi hija siempre ha sido volar. Nada de aviones, o de helicópteros, “simplemente yo volando”, me dice constantemente. Esa es una de las razones por las que apunté a ella y a su hermana a clases de circo.

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Trepar, saltar, balancearse, doblarse… en esta escuela cada clase es diferente. Un día se focalizan en el equilibrio y aprenden a caminar y a saltar en esferas gigantes o en el rulo, otro día hacen acrobacias, malabares o contorsiones. La única constante son las telas y los trapecios. Y se necesita un montón de práctica para dominar las técnicas que enseñan en cada clase.  

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Ejercicio físico a parte, lo que me encanta de este curso es el hecho de que pone a la prueba los límites de las nenas constantemente. El circo es un trabajo duro y cada clase está llena de lo que los psicólogos llaman el “sweet spot”, ese momento en el que el niño llega al límite de sus posibilidades y consigue ir un poquito más allá.  

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Las madres sabemos que las enseñanzas se esconden precisamente en el esfuerzo y en el fracaso pero que es importante presentar los desafíos a los niños en una manera inteligente y creativa. Si no lo hacemos así al primer error el niño lo dejará y se negará a volver a probar. Los profesores de esta escuela han entendido algo crucial: que los niños son listos y nos se les puede engañar. Para que acepten un desafío tienen que sentir que están al mando. Un buen profesor creará la situación adecuada para que el desafío se presente ante ellos y luego se apartará. Eso es exactamente lo que hacen aquí. No existe la actitud “a lo mejor consigues hacer esto”, si no “mira, haz esto”-y esa actitud es la que les está haciendo progresar. 

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Semana tras semana los trapecios van subiendo y las esferas van acelerando, estoy sorprendida de lo mucho que han progresado. Es maravilloso ver lo orgullosas que están de ellas mismas cuando salen de las clases.  

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El otro día vi a mi hija subida a una de las telas. Sin manos, ni pies, solo su cuerpo, extendido perfectamente, arriba en el aire. “¡Mira, mamá! ¡Estoy volando!” Fue un momento precioso. Yo había encontrado una manera de hacer realidad su sueño, pero ella era la que había cogido esa oportunidad y la había sabido usar, superando sus límites hasta conseguir su objetivo. “¡Es verdad!”, le respondí. “¡Estás volando!”. 

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Fotos: Roberto Amorós

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